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“Aunque no lo veas” pertenece a una de las primeras obras de esta etapa, donde la escena comienza a desdibujarse para dejar más espacio a lo emocional que a lo descriptivo. El entorno apenas se define y el personaje aparece incompleto, como suspendido entre el pensamiento y la incertidumbre.
En mitad del salón, un joven permanece sentado en un sillón oscuro. Su postura transmite incomodidad, desconexión y una sensación de estar viviendo una vida que no termina de reconocer como propia. Los pies borrosos refuerzan esa idea de inestabilidad, de alguien que todavía no encuentra su lugar ni el camino que realmente desea seguir.
Mientras su atención permanece atrapada en el ruido exterior, algo extraordinario sucede frente a él: un pelícano habita la escena con absoluta naturalidad. La obra utiliza esta presencia imposible como símbolo de todo aquello que permanece delante de nosotros y aun así no somos capaces de ver.
“Aunque no lo veas” habla de la ansiedad, de la presión de cumplir expectativas y de cómo, muchas veces, la preocupación constante nos aleja de lo verdaderamente importante. La magia existe, pero requiere detenerse para poder reconocerla.
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